Iain Sinclair y la psicogeografía

Algunas personas consideran Londres un organismo vivo, constituido por distintas capas superpuestas de hormigón, cloacas, haikus escondidos en los titulares de prensa, asfalto, ladrillo, pitbulls sin castrar, callejones sin salida, altos rascacielos de cristal y profundos ríos subterráneos casi extinguidos y secos como las pequeñas historias de sus habitantes de a pie, que van siendo enterradas bajo el peso de la implacable especulación inmobiliaria hasta su total desaparición.

Una de esas personas es el escritor y ensayista galés Iain Sinclair (1943) quien busca entender Londres desde su psique más profunda, desde lo arcaico, lo caótico y contradictorio, donde lo nuevo se yuxtapone sobre ruinas antiguas y recovecos sin sentido oficial en una exploración deambulatoria particular y desde una perspectiva psicogeográfica. 

 

Psicogeografía

De alguna manera la psicogeografía, como práctica, busca entender a la vez que percibir los efectos emocionales que una ciudad puede producir en sus habitantes. En los 60’s fue Guy Debord quien con sus derivas parisinas planteó la psicogeografía como una manera lúdica de oponerse al rígido sistema de producción capitalista que configuraba la ciudad como un mero dormitorio y un gran escaparate para el intercambio de mercancías. Para ello eliminó de sus derivas la duración y el final de las mismas. Con el tiempo liberado de la urgencia, las derivas permitían fluir a través del líquido amniótico del subconsciente desconocido de esa otra ciudad oculta a los ojos del capitalismo.

Como dice el antropólogo Carlos Granés: “La virtud de esta práctica no era su poder para establecer relaciones causales entre el entorno y las emociones del individuo, sino la actitud estética, lúdica y gozosa que proyectaba y promulgaba. El psicogeógrafo de ayer y de hoy no es un científico, es un explorador de su ciudad, alguien que desea resignificar su espacio urbano para encontrar aspectos olvidados u obviados, y vivir de esta forma las aventuras que parecían vedadas para un ciudadano normativizado y aburguesado (Granés, 2014)”.

Es aquí donde Ian Sinclair, que ha hecho de Londrés su lugar de investigación, redefine la psicografía no como un dejarse llevar por los flujos urbanos. Él deambula por la ciudad en busca de pistas que lo lleven a conexiones históricas, míticas, ocultas y por no decir mágicas de la metrópoli. Caminando entre el laberinto de calles, Sinclair busca evocar a los espectros urbanos creados por la especulación urbanística y la vez visibilizar las pequeñas historias locales en peligro de ser borradas por ese mismo capitalismo constructor-destructor. Mediante sus pasos renqueantes (tiene una pierna más larga que la otra) va generando una especie de cartografía emocional que hace aflorar el subconsciente de la ciudad escondido bajo capas de asfalto que como dice Francesco Careri en su libro Walkscapes: “La ciudad contiene espacios que escapan al proyecto moderno y que viven y se transforman con independencia de la voluntad de los urbanistas y, a menudo, también de los habitantes (Careri, 2002, p.188)”.

Imagen: Mark AtkinEl anti-flâneur

En su libro La ciudad de las desapariciones Sinclair nos define su método de investigación, alejado de todo glamour estético, más cerca del investigador privado de novela negra: “El concepto de «pasear», de deambular sin meta por la ciudad, de hacer de flâneur, había quedado desbancado. Habíamos entrado en la era del acosador, viajes completamente deliberados, de mirada afilada y sin patrocinador. El acosador es nuestro modelo de conducta. caminar con una meta, sin entretenerse y sin curiosear. Sin tiempo para saborear los reflejos de los escaparates (…). El acosador es un paseante que suda, un paseante que sabe adónde va, pero no cómo ni por qué (Sinclair, 2015, pp. 65-66)”.

De esta forma este investigador de lo urbano va recogiendo las historias de los vecinos de toda la vida, esa cultura local que ha creado sus propias reglas, códigos y leyendas. Este es el ADN de toda ciudad orgánica, diversa y viva. Son historias singulares, extrañas, surrealistas que plasma en sus libros como un intento de redención última, previo a su desaparición y reemplazo por el Mc Donald´s de turno. Son elegías adelantadas de un mundo con sabor local a punto de morir, donde no es raro encontrar al voltear una esquina hombres que se dedicaban a enganchar sus pitbulls a las ramas bajas del árbol o adolescentes con miradas antiguas y perspicaces de abuelo (Sinclair, 2015). 

 

La ciudad y sus haikus rotos

Para este psíquico del asfalto, Londres te guía hacía sí misma, develando su personalidad de manera anónima, con sus carteles, señales de tráfico y titulares de prensa en los puesto de periódico como haikus rotos, en la mirada perdida de los transeúntes y en la urgencia de los vecinos por no desaparecer. Es la no-historia de una cultura local borrada de los libros de historia. Es la propia ciudad componiendo su propia leyenda y buscando médiums como Iain Sinclair para que la lean con los pies. Porque el movimiento, escribió Brakhage, parece ser el mayor otorgador de realidad (Sinclair, 2015).

 

Bibliografía

  1. Careri, Francesco, 2002. Walkscapes. Gustavo Gili:  Barcelona, pp. 7-203.
  2. Granés, Carlos, 2014. Psicogeografía, de Merlin Coverley. Mundo Crítico. Revista Literaria y de pensamiento crítico. (en línea) (consulta: 23 septiembre 2021) Disponible:https://mundocritico.es/2014/05/psicogeografia-de-merlin-coverley/
  3. Sinclair, Iain, 2015. La ciudad de las desapariciones. Alpha Decay:  Barcelona, pp. 9-284.