Guy Debord y las Derivas Urbanas

Como dice el filósofo surcoreano Byung-Chul Han: “Demorarse en algo (…), presupone cosas que duran. No es posible demorarse en algo si nos limitamos a gastar y consumir las cosas. Y esa misma presión para producir desestabiliza la vida eliminando lo duradero que hay en ella (Han, 2020, p. 14).

Desde esta perspectiva al tiempo se le empaqueta como una mercancía más de consumo y se le extrae parte de sus cualidades intrínsecas como la lentitud. En una realidad donde no se puede perder el tiempo, la pausa y la reflexión se penalizan y la tecnología no ha hecho sino amplificar este fenómeno social. Intentar desviarse de este camino resulta hasta cierto punto inquietante, incómodo, peligroso y subversivo.

Hoy en día, el tiempo personal, ese espacio-pausa, ese vacío donde el pensamiento encuentra su lugar para fluir y para distenderse, está casi suprimido de nuestra vida. No se nos permite atravesarlo, habitarlo, contemplarlo, yacer en él. Debido a esto, para muchos; el tiempo sin aprensiones es terra ignota, un lugar desconocido e inexplorado del cuál quizá hemos escuchado como un eco lejano, pero pocos saben llegar por sí mismos. Nuestra vida es como Netflix donde el botón de pausa se ha eliminado y los capítulos se suceden automáticamente.

Como dice Susan Sontag en Sobre la fotografía: “consumir significa quemar, agotar; y por lo tanto, la necesidad de reabastecimiento (Sontag, 2006, p. 250.)”. De esta manera el tiempo como si fuera un combustible se quema y nos lleva por delante. No es gratuito que la melancolía, la depresión y el hastío sea el mal de nuestro tiempo.

Estamos quemados. Somos una sociedad consumida de tanto consumir. Es el spleen actualizado de Charles Baudelaire, esa insatisfacción y tedio por vivir en un mundo sin sorpresas no porque no las haya sino porque no tenemos tiempo de contemplarlas ante la avalancha de novedades que surgen ante ese scroll infinito en que nos vemos sumergidos a diario.

Es lo que el mismo Baudelaire intuyó en el s. XIX sobre la modernidad que traía la Revolución Industrial: como algo fugaz y transitorio sin tiempo para su propia contemplación.

El tiempo secuestrado

Cabe destacar que la estandarización del tiempo en 1884 con el meridiano de Greenwich como referente secuestró nuestro tiempo en favor de una mejor productividad. No podía ser que cada pueblo tuviese su hora local, que las campanas repicaran por libre en cada localidad. La hora tenía que ser igual para todos, sino se perdía el tren y se llegaba tarde a la fábrica. A partir de este momento el tiempo dejó de pertenecernos en todas sus modalidades y con las consecuencias que ya hemos observado.

¿Entonces cómo liberar el tiempo de sus captores?

Vagando sin rumbo como propuso Guy Debord, una figura a revalorar. El filósofo, escritor y cineasta francés Guy Debord (1931-1994) hizo de perder el tiempo caminando un arma ideológicamente revolucionaria. Se enfrentó al capitalismo de su época y a una sociedad de consumo que devoraba todos los ámbitos, incluido el ocio, saliendo a caminar sin destino por la ciudad. Nos enseñó que la deriva y la desorientación son improductivas y por ende una práctica eficaz contra el sistema capitalista. La influencia de su pensamiento y de sus acciones fueron de gran valor en la revuelta de Mayo del 68.

 

Derivas Urbanas

Aunque no fue el primero, Debord nos propuso las Derivas Urbanas, un llamamiento a vagar inútilmente trazando recorridos psicológicos o psicogeográficos. Donde lo fundamental es lo corporal, utilizar el cuerpo y el desplazamiento a través de la realidad circundante en oposición directa a la representación y mercantilización de nuestra vida.

Si no prefijas un destino, no llegas a ninguna parte, entonces el tiempo ya no importa, lo liberas y vuelve a ti. De esta forma, se vuelve lícito perderse, desorientarse y la contemplación del entorno se vuelve sorpresa. No hay nada más de lo que tienes enfrente y la distancia de nuestros pasos nos devuelven la perspectiva. Sólo importa el aquí y el ahora. Volvemos al ritmo del cuerpo, volvemos a estar presentes. Surgimos como individuos. Ya no sólo soy la imagen prefabricada que me han vendido y de la cual soy esclavo. No soy lo que creo representar, soy lo que soy como el paisaje a mi alrededor.

«The Naked City». Guy Debord. 1957

Cabe destacar que Guy Debord fundó el grupo y la revista Internacional Situacionista y en 1967, publicó La sociedad del espectáculo, un libro que con el tiempo va cobrando cada vez más relevancia en relación a la mercantilización de la vida incluida nuestra propia imagen. Citando a Feuerbach, Debord se adelantó más de cincuenta años al fenómeno selfie: “Nuestra época, prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser…Para ella, lo único sagrado es la ilusión (Debord, 2007, p37.)”.

En suma, si no sabemos a dónde vamos no podremos ser rastreados. Si la señal dice derecha nosotros giramos a la izquierda. Si nos desorientámos significa que vamos por el buen camino. Si nos perdemos es que estamos más cerca de nuestro ser. Si me olvido de la hora es que el tiempo me pertenece de nuevo.

En palabras de Debord: “la fórmula para derrumbar el mundo no la fuimos a buscar en los libros, sino vagando (…) junto a cuatro o cinco personas poco recomendables (…) aquello que habíamos comprendido no fuimos a contarlo a la televisión. No aspiramos a los subsidios de la investigación científica, ni a los elogios de los intelectuales. Llevamos el aceite adónde estaba el fuego (Debord, 1978)” .

 

Bibliografía:

  1. Debord, Guy, In girum imus nocte et consumimor igni (1978). Esta frase latina, atribuida al orador Sidonius Apollinaire, es un palíndromo, es decir, una frase que puede ser leída también de derecha a izquierda. Su traducción castellana sería: “Damos la vuelta toda la noche y el fuego nos consume”. Careri, Francesco, 2002. Walkscapes. Gustavo Gili Barcelona, p. 96.
  2. Debord, Guy, 2007. ​La sociedad del espectáculo.​ Valencia: Gallimard, pp. 9-221.
  3. Han, Byung-Chul, 2020. ​La desaparición de los rituales.​ Barcelona: Herder Editorial, pp. 9-120.
  4. Sontag, Susan, 2006. ​Sobre la fotografía.​ Madrid: Alfaguara, pp. 13-285